Dualidad léxica

15 septiembre, 2007

Al despertar, siento una nube en mi cabeza que se torna gris y esponjosa, mientras deja entrever algunos rayos de sol. Después, llueve intensamente, y al final del diluvio se filtra la luz reflejada en olas de crestas blancas moteadas de algas. Es el momento, el preciso instante de guardar silencio. Nada a mi alrededor, sólo el espacio. Torrentes  de energía fluyen bulliciosos hacia la lejanía. Es mi oportunidad. Más tarde, a la deriva, sólo latidos entre la niebla que se interrumpen por los faros en la oscuridad. De regreso a la calma, los tambores suenan lejanos, la marabunta ya no ruge y la niebla se ha disipado, es hora de volver bajo la lluvia y envolverme de nuevo en la nube gris, a esperar otro nuevo rayo de sol.

Si alguien pensara que esto que he escrito puede parecer bonito, que se baje de la nube [gris], y que me lea con los ojos de la realidad:

Me he despertado con la almohada en la cabeza, porque me estaba dando el sol en la cara. Después de ducharme y desayunar me he ido a trabajar. Me estaba durmiendo cuando ha entrado el metro abarrotado de gente y por poco ni me monto. Menos mal que cuando llego a casa me relajo y no tengo que escuchar a nadie más. Es hora de darme otra ducha y de irme con la almohada de fiesta hasta mañana.

Todo depende del cristal con el que se mire, de quien lo escriba o quien lo lea, de quien hable o escuche, de quien lo cuente o quien lo crea. Se vale releer el post.

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